Hubo un tiempo donde Santiago dormía, y la niebla abrazaba las torres… y allí aún resistía la vida, la vida palpitante sobre la piedra.
No abajo en las calles húmedas del casco viejo. Tampoco tras los muros conventuales o en las casas blasonadas. Arriba, bien arriba, en los tejados, en los tejados de la Catedral compostelana.
Viviendo en los tejados de la Catedral de Santiago de Compostela
¿Sabías que había gente viviendo en los tejados de la Catedral de Santiago durante casi doscientos años? Casi dos siglos enteros en los que la gente habitó esos tejados de Santiago. No era un capricho romántico, era frío, viento, humedad y un trabajo de constante vigilancia.
Los tejados de la catedral fueron un hogar suspendido sobre siglos de historia! Un pequeño poblado sobre la piedra…Y fue así como por generaciones, una luz brilló en Santiago, hasta cuándo todo se oscurecía. Allí estaban ellos, armonizando los días a toque de campana.
Entre los siglos XVI y XVIII
Los vastos tejados y terrazas de la catedral no eran solo un espacio técnico, allí se instalaron familias enteras. No fueron ocupaciones ilegales o clandestinas, allí vivían los campaneros, relojeros, el personal de mantenimiento y algunos trabajadores ligados al cabildo. Y claro está junto a ellos, sus familias. Una pequeña comunidad que velo por el tiempo de los demás y su seguridad.
El toque manual de campanas requería presencia ininterrumpida. El campanero debía estar siempre disponible, de día y de noche. Vivir ahí arriba, no era un privilegio, era una necesidad y era su trabajo.
En la antigüedad el toque de las campanas era importantísimo era una manera de comunicación, no sólo indicaban las horas, el repicar de campanas avisaba de incendios, alertaba de tormentas, convocaba festejos y entierros..o señalaban sucesos importantes como ataques.
En una ciudad antigua de casas de madera y techos que prendían fácil, el fuego era un riesgo continuo y se debía estar en alerta siempre.
Desde lo alto de la catedral se veía todo Santiago. Los que moraban en sus techos actuaban como vigilantes urbanos, una alarma contra incendios eficiente y veloz.
Las viviendas de los tejados
¿Quiénes vivían allí?
No fueron ni héroes ni figuras míticas. Eran trabajadores y sus familias, simple personas en un lugar fuera de serie. Guardianes discretos de una ciudad, desde arriba.
¿Cómo eran las viviendas?
Te estarás preguntando cómo eran esas viviendas. Decirte que no se trataba de casas cómodas.
Eran cuartos humildes, formando parte de edificios junto a torres y otras construcciones elevadas, pequeños sitios con un frío polar en invierno, humedad perpetua, y total exposición al viento y a la lluvia. Probablemente serían de madera.
Vivir ahí requería aguantar el clima compostelano de cerca.
Existen documentos que mencionan a familias enteras habitando en las azoteas. Te imaginas crecer con semejante vista. Santiago a tus pies, el sonido incesante del bronce, el viento azotando los pináculos barrocos. Otro mundo.
Los últimos habitantes de los tejados
Ricardo Fandiño Lage y su familia 1942 a 1962
El ejemplo más notorio fue el del último campanero Ricardo Fandiño Lage.
Durante gran parte del siglo XX, las techumbres de la catedral continuaron siendo un sitio real de residencia para los cuidadores del edificio, sobre todo los campaneros.
El más afamado fue Ricardo Fandiño Lage, considerado el último campanero que vivió allí.
Entre 1942 y 1962, vivió con su esposa y sus tres hijos en una humilde morada, ubicada sobre las techumbres, cercana a la torre de las campanas, específicamente la Torre Sur.
Su diario
Registró minuciosamente su existencia en esos años, facilitando la reconstrucción de pormenores sobre la rutina familiar en la catedral.
Su vivienda de campanero, simple, era funcional, con cocina, comedor, y alcobas acondicionadas a las adversas condiciones de altitud y clima.
Algunos de los datos que nos regaló con sus anotaciones para conocer más cómo era la vida en los tejados
- 16 de enero de 1942. Entro de campanero cobrando 180 pesetas al mes. En esta fecha, todos los empleados teníamos el mismo sueldo, 180 pesetas al mes
- «La humedad era lo peor»
- También había gallinas y un gallo que cantaba puntual cuando el sol comenzaba a asomarse por detrás de San Paio de Antealtares.
- El gallinero estaba instalado en una nave lateral, flanqueada por almenas, que se levanta muchos metros sobre el claustro.
- 1943. Año Santo. El fabriquero Villasante me dio cinco pesetas por cada repique en las peregrinaciones oficiales que entrasen en la Catedral.
- Teníamos muchas palomas a tiro para comer.
- Fandiño pasa a ocuparse de los arreglos del clero también porque su anterior oficio era sastre.
El final de una forma de vida
Con la modernización de los relojes, cambios en la organización del cabildo y nuevas medidas de seguridad, la necesidad de residencia fija se desvaneció en el siglo XIX.
En la actualidad
Lo que hoy día es una visita turística, en su momento fue hogar, taller y atalaya para muchas generaciones.
Hoy, cuando los turistas caminan por las cubiertas y alzan la mirada a las torres, pocos se imaginan que hubo hogar. Que entre esos muros golpeados por el viento, alguien aprendió a andar, a leer, y a oír el mundo mediante las campanas.
Por eso, quizás, cuando el viento recio sopla entre los pináculos, y el eco del bronce resuena por Compostela, no solo es piedra y metal. Suena también a vida. Y a recuerdo.
Ahora, esos tejados son vistos como una ruta monumental en la que se nos recuerda que durante generaciones, fueron también hogar.
Agradecimiento especial
A Manuel Candal por adornar el post con sus preciosas fotografias!









E exo esa visita em 2010 e me encanto.
Lá vista del interior desde arriba és fantástica.