15 junio, 2026

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Las torres de Altamira y la leyenda de sus túneles

El más representativo del patrimonio de Brion son estas ruinas que te presento a continuación. Son las torres de Altamira viéndolo así, no te puedes imaginar el por qué de su nombre, justo aquí se alzaron hasta seis torres rodeadas por una fortificación. Lo sorprendente no es solo esto.

Desde hace generaciones se cuenta en Brión que existían pasadizos subterráneos que comunicaban las Torres de Altamira con otros lugares importantes del entorno.

Pero antes de nada vamos a conocer porque se encuentra en este estado de ruína. Un poquito de historia muy resumida de este emplazamiento.

Bien de Interés Cultural (BIC) en 1994 y todas las fotos son del 2016 cuando fue nuestra primera visita

Historia de las Torres de Altamira

Si las piedras pudieran narrar historias, las Torres de Altamira tendrían argumentos suficientes para componer una saga literaria extensa.
Todo comenzó hace más de milenios, cuando una persona sabia pensó que esa elevación sería un sitio ideal para emplazar una ciudadela defensiva. Y como en casi todos las fortificaciones surge el antes de ellas, el germen, el yacimiento, el castro.

Con el transcurso de los siglos, la posesión pasó a manos de los influyentes Moscoso, los futuros Condes de Altamira, quienes crearon una de las fortificaciones más majestuosas de Galicia.

Aquel era un baluarte notable: ostentaba multiples atalayas, defensas circundantes, explanadas interiores y cuanto era preciso para que cualquiera que circulase por sus cercanías comprendiera quien ejercía la autoridad.

Pero esta calma se mostró efímera. Entre desavenencias de linaje y levantamientos, las atalayas experimentaron una vida más movidita que la de un participante de programa de televisión. Al advenir los Irmandiños en el siglo XV, exasperados por los desmanes y abusos de la nobleza, resolvieron zanjar sus agravios de la manera más contundente posible: destruyendo sus hogares, y entonces los recintos amurallados ya no fueron tan protectores y se cayeron cual casa de papel que tiró el lobo con un soplido.

Y Altamira sufrió el mismo destino que muchísimos otros enclaves de Galicia.

Los Moscoso nunca tiraban la toalla, vuelven tras su caída. Juntaron los escombros y alzaron de nuevo el castillo más grande con ayuda («altruista») de los que antes lo destrozaron.

Parecía que por fin gozarían de un retiro apacible, pero eso no pasó tampoco.

Con el tiempo los condes migraron a moradas más acogedoras y modernas, eso de vivir en un fortaleza húmeda y ventosa comenzó a dejar de ser atractivo.

Y entonces surgió el antagonista final. No eran ejércitos, ni sublevados, ni forasteros conquistadores. Eran los de al lado, los propios vecinos.

Durante años, muchos años, cada vez que alguien necesitaba piedras para edificar una casa, un establo o reparar un cerco, dirigía su vista a las Torres de Altamira y pensaban «Pues unas cuantas piedras nadie lo notará.» El detalle fue que todos pensaron lo mismo.

Así, las fortificaciones más famosas de Galicia fueron desvaneciéndose lentamente, piedra a piedra, sin que nadie hiciera nada para impedirlo.

Hoy la contemplas en ruinas pero todavía es capaz de enseñarnos una lección que atraviesa los siglos.

Recuerda el olvido abre la puerta al expolio, y nuestro patrimonio acaba cambiando de lugar, arrancado de su tierra y de su memoria.

Túneles o pasadizos subterráneos

Ahora que ya sabes un poco del porqué de su estado, de su historia, vamos a los túneles

Las versiones más repetidas hablan de túneles que partían del castillo hacia:

  • El Pazo de Trasouteiro (a poco más de un kilómetro).
  • La zona de Santa Minia.
  • Incluso algunos relatos populares los llevan hasta las cercanías de Santiago.

Sin embargo, hasta donde llega la documentación arqueológica publicada, no se encontró ningún túnel que confirme estas historias.

Ningún estudio arqueológico de la fortaleza menciona galerías transitables descubiertas bajo el castillo.

Orthografia de la fortaleza de Altamira.

En el plano de 1776 realizado por Juan El Mayor López Freire, se menciona claramente un «Pozo o Cisterna» dentro del recinto de la fortaleza. Podría ser esta construcción la que hiciera que se disparase la imaginación en el pasado.

En la actualidad el pozo se ha cerrado con verja y no se han movido las piedras de su interior

Ese elemento, el pozo, está identificado entre las estructuras del castillo y todavía hoy se conserva. De hecho sabemos que en otros castillos los pozos eran el paso de entrada a los pasadizos subterráneos.

Ejemplos más famosos

  1. El célebre pozo conocido como la Cueva del Moro en Burgos. Integrauna compleja red subterránea relacionada con la defensa y el abastecimiento de la fortaleza.
  2. En el Castillo de Portillo, un impresionante pozo de más de treinta metros de profundidad, dotado de escaleras interiores y cámaras abovedadas, recuerda a otras estructuras concebidas para garantizar la supervivencia durante los asedios.
  3. En Castelo Rodrigo se conserva un pasadizo que desciende hasta un manantial situado bajo el castillo, un recurso estratégico que permitía acceder al agua sin exponerse al enemigo.

Estos ejemplos muestran que, lejos de ser simples leyendas, los sistemas subterráneos asociados a pozos desempeñaron un papel fundamental en la arquitectura militar medieval, ya fuera como vías de abastecimiento, refugio o comunicación con el exterior.

Plano de Altamira 1776

El lugar tiene su tesoro invisible para ojos actuales ya la divulgadora Victoria Armesto habló de túneles subterráneos en su muy vendida Galicia feudal, muchos argumentaron que la realidad es que allí no hubo nunca túnel alguno.

Mientras sigo buscando los posibles túneles de las Torres de Altamira, hallé una mención en el Libro Tesouro Espeolóxico Galego que me pareció demasiado fascinante para no comentarla.

Referencias históricas

«Salimos de Santiago montados en buenas mulas de paso, con intento de visitar las famosas torres de Altamira que distan de dicha ciudad dos leguas de muy mal camino […] Hacia la puerta principal se observa el algibe atascado de piedras hasta la boca, y muchos dicen que era la entrada al subterráneo que tenían todas las fortalezas de su tiempo; pero lo más natural es que si existió, como parece probable, desembocaría en el obstruido sótano de la torre pequeña.» Francisco de Paula Mellado (1850/1987, p. 70-71)

En 1850, el autor y explorador Francisco de Paula Mellado estuvo en las ruinas de Altamira y apuntó algo peculiar. Al detallar el pozo de agua de la fortaleza, que ya estaba lleno de rocas, señaló que mucha gente afirmaba que ese sitio era el acceso al tunel subterráneo. Esto significa que la historia del túnel no es nueva, ya era parte de las historias locales de Brión hace al menos 175 años.

Lo más sorprendente es que el mismo Mellado es bastante cauteloso. Aunque relata el suceso, cree más factible que, si hubo algún conducto, este conectara con el sótano de una de las torres y no con un largo pasadizo secreto, como suele imaginar la gente.

Su escrito también tiene una frase muy significativa. Menciona que muchos pensaban que era el túnel «que poseían todas las fortalezas de su época». Esto indica que, ya en el siglo XIX, se pensaba que todo castillo importante debía tener un pasadizo secreto para huir en caso de ataque o para ir a encuentros prohibidos (Doña Urraca) como se reflejo en mucha de nuestra tradición oral y literatura.

Y la verdad es que esta idea se encuentra flotando por toda Galicia y en nuestras cabezas, en la mía desde hace muchos años.

Hay muchísimos castillos, casonas y fortalezas con leyendas de pasajes escondidos. No obstante, en poquísimos casos se han encontrado pruebas arqueológicas que respalden esas narraciones.

Este relato forma una pequeña parte del legado intangible de Altamira, tan valioso como los propios muros de la fortaleza.

Sigo soñando con encontrar algún documento o prueba que demuestre la existencia de un gran túnel secreto bajo las Torres de Altamira.

Libro 1863

Como curiosidad deciros que en 1863 se publicó un libro llamado «La corona de fuego o los subterráneos de las Torres de Altamira», escrito por José Pastor de la Roca.

Su título demuestra que la leyenda era ya bastante conocida y estaba de moda en el siglo XIX.

Quizás los túneles de los que hablan las viejas historias jamás se materialicen. A lo mejor permanecen ocultos bajo la roca, borrados por el tiempo o transformados ya en parte de la leyenda. Pero siguen vivos en la memoria colectiva, en los relatos transmitidos de generación en generación y en esa necesidad tan humana de imaginar que, más allá de lo que vemos, existen caminos secretos que aún esperan ser descubiertos.